Un auditorio de alrededor de 60 personas escucha con atención cómo Pedro narra su dura experiencia. Aparentemente, se trata de un hombre sano, con un aspecto físico cuidado y una forma de hablar que transmite seguridad sobre sí mismo. Sin embargo, Pedro afirma ser “un enfermo emocional”, pues necesita que sus emociones permanezcan en calma para no recaer en el vicio que le estaba destruyendo la vida: el alcohol. Actualmente, Pedro intenta acudir a Alcohólicos Anónimos cada día, porque a pesar de que ya no consume esta droga legal, se considera “un alcohólico en recuperación”, que necesita un apoyo que ha encontrado en esta asociación.
Antes de iniciarse en el consumo de alcohol, Pedro ya tenía problemas personales. Recuerda con nostalgia un ambiente familiar no demasiado agradable y hace hincapié constantemente en el escaso cariño que recibió de su padre, que quizás le dejó secuelas. Además, algo que parece haberle afectado es que su padre visitaba a las cenicientas del amor cuando éste debiera haber estado, cual padre, acompañando a su familia en los días de celebración navideña.
Empezó a beber acompañando a su padre en “plan colegas”. El progenitor bebía cada día como si de poner la radio se tratara, aunque Pedro no especifica la cantidad diaria ingerida por éste. Bien, pues este ejemplo paterno fue asumido por Pedro, que acompañaba a su padre en las tertulias del alcohol. Pero el problema fue apareciendo en cuanto Pedro se fue haciendo tolerante a las dosis que tomaba y, a pesar de que bebía de vez en cuando, lo hacía en cantidades exageradas. Y el alcohol se convirtió en su refugio, en su forma de evasión del mundo que le rodeaba. “El resultado de mi manera de beber fue el resultado de mi manera de vivir”, comenta. Su carácter obsesivo le llevaba a tener pensamientos circulares, le daba vueltas al mismo problema y sufría por cosas que no existían en realidad. Y para evitarlo, ahí estaba el eterno compañero, el compañero fiel. Pero al día siguiente, nada se había solucionado, la resaca se sumaba a los problemas que continuaban presentes. Entonces, se sentía mal y no recordaba absolutamente nada de lo que había hecho en estado de ebriedad, aunque reconoce haber sido violento, haber sacado “la bestia” que llevaba dentro cuando había bebido. No tenía límite, no sabía parar, no podía decir no a una copa, era incapaz de dejar una gota de alcohol en la botella.
Pese a las amenazas de divorcio de su mujer, Pedro continuaba con su adicción al alcohol. Pero por motivos que no explica, un día tocó fondo y decidió ir a Alcohólicos Anónimos. Es una sugerencia que ya le había realizado su psiquiatra con anterioridad, a lo que él había quedado extrañado, pues no era consciente de su problema con la bebida.
Hace más de cuatro años que Pedro visita Alcohólicos Anónimos. No obstante, los inicios en la organización fueron duros. “Cuesta desnudarte, contar tu vida delante de otras personas y encima reconocer que tienes un problema”, afirma. En Alcohólicos Anónimos hablan en grupo de temas generales y también cuentan sus experiencias, que aunque resulte doloroso los une porque se sienten reflejados. El único requisito que demanda la asociación es que el alcohólico quiera realmente dejar de beber. Sin embargo, en la recuperación de un alcohólico son muy habituales las recaídas, ya no tanto por la dependencia física que genera el alcohol –que desaparece en unos días- sino por la psicológica. Pedro padeció una recaída cuando después de estar tres semanas sin consumir, entró en un bar y se embriagó, pese a que le habían advertido en Alcohólicos Anónimos que no lo hiciera. Es el enérgico poder de los factores ambientales, que lleva al alcohólico a relacionar bar con alcohol. Por eso, desde aquel día no visita bares, ni los lugares donde antes iba, ni se relaciona con sus antiguas amistades. Conservar la vida que llevaba seguramente supondría volver a recaer.
Ahora, Alcohólicos Anónimos es como su segunda casa donde escucha y se siente escuchado, con el resultado de salir refortalecido de allí. Considera, además, que su carácter ha cambiado pues intenta ser más cariñoso con los demás. No se siente curado, si bien es consciente de que ya ha superado lo peor. Por eso, el lema de este anónimo es “No a la primera copa”.
Antes de iniciarse en el consumo de alcohol, Pedro ya tenía problemas personales. Recuerda con nostalgia un ambiente familiar no demasiado agradable y hace hincapié constantemente en el escaso cariño que recibió de su padre, que quizás le dejó secuelas. Además, algo que parece haberle afectado es que su padre visitaba a las cenicientas del amor cuando éste debiera haber estado, cual padre, acompañando a su familia en los días de celebración navideña.
Empezó a beber acompañando a su padre en “plan colegas”. El progenitor bebía cada día como si de poner la radio se tratara, aunque Pedro no especifica la cantidad diaria ingerida por éste. Bien, pues este ejemplo paterno fue asumido por Pedro, que acompañaba a su padre en las tertulias del alcohol. Pero el problema fue apareciendo en cuanto Pedro se fue haciendo tolerante a las dosis que tomaba y, a pesar de que bebía de vez en cuando, lo hacía en cantidades exageradas. Y el alcohol se convirtió en su refugio, en su forma de evasión del mundo que le rodeaba. “El resultado de mi manera de beber fue el resultado de mi manera de vivir”, comenta. Su carácter obsesivo le llevaba a tener pensamientos circulares, le daba vueltas al mismo problema y sufría por cosas que no existían en realidad. Y para evitarlo, ahí estaba el eterno compañero, el compañero fiel. Pero al día siguiente, nada se había solucionado, la resaca se sumaba a los problemas que continuaban presentes. Entonces, se sentía mal y no recordaba absolutamente nada de lo que había hecho en estado de ebriedad, aunque reconoce haber sido violento, haber sacado “la bestia” que llevaba dentro cuando había bebido. No tenía límite, no sabía parar, no podía decir no a una copa, era incapaz de dejar una gota de alcohol en la botella.
Pese a las amenazas de divorcio de su mujer, Pedro continuaba con su adicción al alcohol. Pero por motivos que no explica, un día tocó fondo y decidió ir a Alcohólicos Anónimos. Es una sugerencia que ya le había realizado su psiquiatra con anterioridad, a lo que él había quedado extrañado, pues no era consciente de su problema con la bebida.
Hace más de cuatro años que Pedro visita Alcohólicos Anónimos. No obstante, los inicios en la organización fueron duros. “Cuesta desnudarte, contar tu vida delante de otras personas y encima reconocer que tienes un problema”, afirma. En Alcohólicos Anónimos hablan en grupo de temas generales y también cuentan sus experiencias, que aunque resulte doloroso los une porque se sienten reflejados. El único requisito que demanda la asociación es que el alcohólico quiera realmente dejar de beber. Sin embargo, en la recuperación de un alcohólico son muy habituales las recaídas, ya no tanto por la dependencia física que genera el alcohol –que desaparece en unos días- sino por la psicológica. Pedro padeció una recaída cuando después de estar tres semanas sin consumir, entró en un bar y se embriagó, pese a que le habían advertido en Alcohólicos Anónimos que no lo hiciera. Es el enérgico poder de los factores ambientales, que lleva al alcohólico a relacionar bar con alcohol. Por eso, desde aquel día no visita bares, ni los lugares donde antes iba, ni se relaciona con sus antiguas amistades. Conservar la vida que llevaba seguramente supondría volver a recaer.
Ahora, Alcohólicos Anónimos es como su segunda casa donde escucha y se siente escuchado, con el resultado de salir refortalecido de allí. Considera, además, que su carácter ha cambiado pues intenta ser más cariñoso con los demás. No se siente curado, si bien es consciente de que ya ha superado lo peor. Por eso, el lema de este anónimo es “No a la primera copa”.
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